Pandemia educativa

Con el confinamiento todos hemos sufrido a nuestra manera. Gente que se vio de la noche a la mañana en la calle, gente a la que no le llegaba la ayuda del ERTE, gente que batallaba en primera línea contra el virus, gente que tuvo que cerrar su negocio, gente que se lamentaba de tener a sus padres en una residencia, gente para el que el teletrabajo se convirtió en un compañero de baile inesperado, gente que conoció a sus nietos por primera vez a través de una pantalla, gente que no pudo despedirse, etcétera. Pero, sin duda, uno de los colectivos que peor llevó esta cuarentena de prácticamente cien días fueron los niños y, como consecuencia, sus padres y profesores.

Los niños nos dieron una lección a todos de comportamiento y saber estar, aunque a muchos padres les haya parecido más bien una penitencia. Y es que si en la antigua normalidad no era fácil conjugar la conciliación laboral y familiar, durante la cuarentena y ahora con la nueva (a)normalidad la cosa se pone más fea.

Por ello, todo mi reconocimiento y agradecimiento a padres, docentes y niños, también por adelantado ante la que se viene con el nuevo curso. Lamentablemente, sobre el Gobierno no puedo decir lo mismo porque la gestión educativa durante la pandemia ha sido bastante deficiente.

La ministra Celaá nos ofrecía cada día una versión distinta, mientras seguía adelante con la aprobación de su nueva ley educativa, por su parte el Ministro de Universidades, Manuel Castells , se tomó el encierro tan a rajatabla que ha estado desaparecido del mapa durante los meses de estado de alarma y por último, tenemos al conseller Marzà que no, sabemos si contagiado por su homóloga en el Estado, también ha vacilado en la toma de decisiones y ha demostrado que la digitalización en las aulas de la Comunitat Valenciana es más bien nula.

La decepción llega hasta tal punto que no han sido capaces ni de velar por la igualdad de oportunidades entre los estudiantes. El Gobierno de Pedro Sánchez ha dejado fuera de las ayudas para la reconstrucción a los centros concertados pese a recibir estos ordinariamente ayudas públicas. Un ataque ideológico y sin sentido que discrimina a muchos niños, padres y profesores. El derecho a la educación ha de prevalecer con independencia del territorio, la unidad familiar o el modelo educativo.

De nuevo, gana el partidismo y el sectarismo. Como siempre, la educación como arma política y no como arma para construir una sociedad mejor y más justa. Porque en España llevamos demasiados años manoseando el sistema educativo sin importarnos lo que nos estamos jugando. Ocho leyes educativas, con esta última, y ninguna con consenso y es que todas ellas han tenido un denominador común: el beneficio político y no el beneficio social.

Una pena, pero a día de hoy esta es nuestra realidad. Desde Ciudadanos, sin embargo, vamos a seguir luchando para que la educación sea, solo eso, educación. La base sobre la que se sustenta la libertad y la igualdad de oportunidades de un país. Lo conseguiremos. H

*Portavoz de Ciudadanos en la Diputación y teniente de alcaldesa de Benicàssim

Estuve varias veces en casa de Juan Marsé . La primera vez fue para entrevistarle. Recuerdo que estaba nerviosa y que su aspecto no ayudaba. Era un hombre serio, que no parecía tener ganas de contestar a mis preguntas –no me extraña: mis preguntas eran patéticas– pero que debía de haber accedido porque la entrevista iba a publicarse a toda página en un semanario prestigioso. Acababa de cumplir 60 años y yo intenté que la conversación discurriera por atajos metafísicos, pero él los evitó todo el tiempo. Le pregunté por la inspiración y me habló de trabajo, de horarios, de constancia y paciencia. Me dijo varias veces que no quería ser ni parecer pedante. Habló de cine y de amigos. Y, como había muchas páginas que llenar y yo era entonces más torpe de lo que lo soy ahora, acabé preguntándole si cantaba en la ducha y si era buen cocinero. Juan Marsé, uno de los mejores escritores de su tiempo, me confesó que no sabía cantar y que le salía muy rica la escalibada. Cuando salí de su casa todavía me temblaban las piernas.

Mis cuentos, por cierto, le parecieron horrorosos –lo eran– y al decírmelo me dio una lección que no he olvidado: hay que escuchar a los grandes.

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